Muñoz Bernardo, pintor de este mundo…

Sostiene José Manuel Caballero Bonald, Premio Nacional de Poesía y Premio Cervantes 2012, que “el pintor interroga al entorno como el alquimista a la trasmutación de los metales. Elige un destello, una coloración significativa, una sombra irrepetible, y elabora con esos indicios elementales una acepción nueva de la realidad”.

A tenor de la obra de Muñoz Bernardo aquí expuesta, da la impresión de que este artista de origen salmantino hace suyas las palabras del poeta, consiguiendo en la representación gráfica de la realidad, la creación de un luminoso universo, trasmutando formas y pigmentos, enalteciendo la materia, dotándola de cierta propensión a ir más allá de lo que su condición determina. En sus pinceles cargados de poderoso realismo, los espacios se transforman con imaginación y sentimiento, en una fuente de luz, fecunda y evocadora.

Y todo ello sin estridencias, con la tranquilidad y la serenidad que otorga el conocimiento y la autoridad del que revela lo oculto, descubriendo nuevos caminos. En una cultura obsesionada por la modernidad, por la ortodoxia de lo nuevo y lo último, resulta muy gratificante el encuentro con un pintor sabedor de su oficio, conocedor de la tradición que se convierte en un creador rupturista sin la necesidad de provocar, sin renunciar a la contemporaneidad. La obra de Muñoz Bernardo es mesurada, reposada y, sin embargo, representa un mundo actual, urbano, ruidoso, vivo, pletórico de arquitecturas, puentes, canales, bicicletas, farolas, semáforos, grúas y barcos…pero con la calma y el sosiego de los espacios pensados, meditados, espacios que trascienden el vigor de la arquitectura que les da vida.

Sus vistas aéreas se convierten en un catálogo de travellings que parecen recrear los famosos viajes en globo que organizaba el fotógrafo Nadar durante los meses que duró la Exposición Universal de 1867 en Paris para poder ver, a vuelo de pájaro, las transformaciones que habían sucedido en el Champ de Mars. Así, los tejados de Muñoz Bernardo seducen la mirada del público que aprecia en ellos los matices de color, las calidades de la superficie pictórica, su textura y pincelada. Las líneas diagonales y perspectivas empleadas encandilan al espectador, asombrado por la sucesión de luces y sombras de sus creaciones.

Alejado de la tiranía de la verosimilitud, pero con la fidelidad de los modos del natural, Muñoz Bernardo utiliza técnicas impresionistas para componer cuadros realistas. Unas simples manchas, unos puntos iniciales bastan para orquestar sus composiciones. Después, la maestría para aplicar el color, su obsesión por la luz reforzada por el uso de líneas blancas y la fuerte carga matérica de sus pigmentos (arena del desierto, piedra pómez, etc) que granulan y empastan la superficie del lienzo, harán el resto.

Su fuerza radica en la complicidad que busca en el espectador para que éste complete en su retina la sencilla y escueta imagen que nos brinda, como en esos fantásticos frontales, reducida a un sencillo juego de líneas verticales y tonalidades ocres, o ese naturalismo luminoso que se adivina en las aguas de los canales.

En definitiva, la obra de Muñoz Bernardo tiene “alma”, ese pequeño detalle que le hace ir más allá de escuelas y estilos, de críticos y gustos, de tiempo y espacio, situándola en contacto directo con el público, con todos los públicos, sin necesidad de que se la expliquen, pues entra por todos los sentidos, cautivando al espectador, instándolo a caminar por sus ciudades, llenas de todo lo que queda entre la arquitectura y su representación.

Montserrat González García

Historiadora de Arte