EL MADRID, MADRID, MADRID, DE ALFONSO GUERRA CALLE

Alfonso Guerra Calle se ha puesto a pintar Madrid con toda la paciencia y el esmero de quien no tiene prisa ni quiere obsesivamente acapararlo todo. Ver despacio es lo que importa.

El suyo no es el Madrid bullicioso ni neoyorquino, cosmopolita; sino el Madrid por definición un tanto recoleto, que gusta más de los paseos que de las instantáneas eléctricas de los flashes de un fotógrafo.

No es que Alfonso Guerra no retrate Madrid. Sucede que en sus lienzos destaca con preferencia el Madrid que debiera de ser, no el que está siendo, y eso, en Arte, es válido, incluso preferible, desde los tiempos de Aristóteles de Estagira. Véase en su Poética.

Yo he visto surgir algunos de sus cuadros y he bromeado con el pintor en su estudio: – Pinta la Plaza de Castilla- le digo, y él no quiere porque es fea, desordenada. Lo que ha hecho, sí, es pintar una panorámica donde desde lejos asoman las KIO, tan difusas que es un guiño campestre a la ciudad.

Con preferencia, el Madrid de Alfonso Guerra Calle es un Madrid en el que destaca el paisaje menos urbano de Madrid. Un Madrid entrevisto desde el campo, las afueras, la periferia.

Metidos ya en lugares “castizos”, es decir, en harina urbana, el pintor nos da la arquitectura con trazo verista y construye el conjunto jugando con la figura de hombres y mujeres un tanto borrosos, desdibujados; que distribuye, entona y armoniza con fines puramente plásticos.

Al igual que en la totalidad de su obra anterior, la luz es la verdadera artífice del cuadro. ¡Ah,Velázquez! ¡Ah, la luz de Alfonso Guerra Calle! ¿No les parece?

Manuel Lacarta.